Drogas tolerables
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LEO que en Estados Unidos hay casi diez mil presos condenados a cadena perpetua por delitos que cometieron siendo adolescentes, cuando aún no podían votar, formar parte de un jurado o trabajar en un casino. Allí no se perdona. El sistema es enormemente punitivo, busca expresamente el castigo y niega en la práctica las posibilidades de rehabilitación. Por nada del mundo me gustaría que esta entronización de la venganza llegara hasta aquí, como llegan tantas otras cosas de Norteamérica.
Tampoco me gusta la forma indiscriminada en que nuestra legislación penal trata a los menores delincuentes, sin distinguir casos y casos, a barullo, lo que produce efectos perversos. Aquí la discriminación se hace con las víctimas, con las que se comete una grave injusticia a veces, y con sus familias, a las que se condena a cargar con la losa del olvido premeditado y culposo.
Es una derivación extremada de la idolatría de lo joven que llevamos unos cuantos años incubando por razones históricas (como reacción al autoritarismo anterior), económicas (la juventud es una fuente de consumo inagotable) y sociales (padres volcados en el trabajo, enseñantes desconcertados, valores tradicionales abandonados sin sustituirlos por otros). El juvenilismo se nota, por ejemplo, en la permisividad ante las drogas. "España pasa por el momento peor en el consumo de droga", ha denunciado el director de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, Ignacio Calderón, quien ha recordado los lugares de privilegio que ocupa nuestro país en consumo de cocaína (primeros del mundo) y cannabis (entre los primeros de Europa). Hay una paradoja: mientras se intenta ilegalizar o controlar las drogas legales, como el tabaco y el alcohol –mucho más el tabaco que el alcohol, la verdad–, se reabre el debate encaminado a legalizar las drogas ilegales.
¿Por qué ha empeorado la situación? Probablemente por ese contexto de alta tolerancia con todo lo que parezca joven, divertido, marchoso y frívolo. También tiene que ver con el tipo de droga más usual. En los años ochenta lo visible era la heroína, una sustancia asociada a la marginalidad y el delito. Los heroinómanos producían rechazo social, atracaban y agredían bajo los efectos del 'mono'. Ahora la droga es más bien 'blanca', se vincula al consumo, como un artículo más de moda y diseño, que se lleva porque mola, proporciona euforia en las noches de fiesta y, además, se tiene a edades precoces dinero suficiente para comprarla sin recurrir a la violencia o el robo.
Sus efectos euforizantes y desinhibidores son inmediatos, mientras que los perjuicios para la salud tardan un tiempo en manifestarse. Lo malo es que cuando se manifiestan es muchas veces demasiado tarde. Para los jóvenes consumidores, me refiero, no para la sociedad que, como no es agredida, se inhibe de hacer frente al problema. Allá ellos. Es lo que estamos diciendo, francamente.